Ser dentado o no serlo… esa es la cuestión

Entre recuerdos, caries y costos imposibles, la historia de un heavy y lo  difícil que es cuidar la salud bucal

Por César Luis Penna

Todos tenemos dificultades y una de las primeras con las que nos topamos los seres humanos es pasar de los bienaventurados alimentos líquidos a los siempre complicados sólidos.

Cuando están saliendo los dientes duelen, y cuando se van, también.

Un relámpago me lleva a estar debajo de la parra de la abuela en los brazos de mi madre mientras mi Nona me saca un diente de leche. Otro relámpago me lleva a cuando las paletas se cayeron y dejé de sonreír hasta que salieron nuevamente, aun puedo escuchar los comentarios de las chusmas del barrio y la escuela… ¡Qué nene raro ese! y si, pobrecito, ¡mirá! nunca sonríe. Todos esos comentarios los hice de lado tan solo con la sonrisa de mi mamá. Ella nos recomendaba lavarnos los dientes sí o sí porque eran un tesoro, no quería que nos pasara lo que a ella que tuvo que usar dientes postizos desde joven. Siempre seguimos sus palabras al pie de la letra con mi hermano.

Recomendaciones médicas

 Las recomendaciones de los médicos fueron siempre: ¡Nada de dulces porque producen caries! (como el papá de Willy Wonka). Nosotros en casa no seguíamos esas recomendaciones y más allá de las particularidades de cada uno, con mi hermano nos diferenciamos ahí, justamente. Él se atoraba con caramelos y cosas dulces cuando podía, por lo que fue el primero en recibir tratamiento de conducto y arreglos en la caries. A mí me tocó desde pequeño ir por el camino de la imposibilidad. ¡Si comés caramelos te vas a llenar de gusanos!, me decían y yo le replicaba que el pan con manteca y azúcar no era lo mismo. Pero seguían con la advertencia. Por lo que perdí el gusto por lo dulce hasta que sobrepasé por dos décadas la mayoría de edad.

Nervios universitarios

En mi peor época universitaria, al estrés de llevar una carrera al día sin un peso se sumaron unas caries muy complicadas y que debía hacer numerosos trámites que desconocía. Conseguí mediante ATM (la mutual de los empleados municipales de mi viejo) un dentista cerca de la facultad. Iba tan cansado que me dormía mientras me arreglaba los dientes. Un día después de mirar en mis fauces me dijo: 

–Tomás mucho mate?

–Si, estoy todo el día en la facu. Así que sí.

–Digo porque tenés los dientes verdes –me decía el profesional mientras hurgueteaba en mi boca con un ganchito. Otro día encontró un pelo –mío– entre los dientes, no sabía dónde meterme.

Los primeros arreglos fueron sencillos hasta incluimos una limpieza para que parezcan dientes normales.

Pero las caries aparecieron y se llevaron una pieza. Una médica del Centro de Salud Illia me lo sacó con tanta destreza que no me dolió nada, pero me quedó la cara como una pelota. Cuando conseguí un trabajo medio estable me busqué una dentista cerca de casa. Tenía el consultorio frente al hipódromo, por lo que mientras esperaba podía ver por la ventana como lo remodelaban para convertirlo en “La Plaza de las Mujeres Entrerrianas”. Mientras ella me torneaba, tomaba el molde y demás, el cansancio me tiraba hacia el noni, tanto que una vez pegué un sacudón como esos que nos dan cuando estamos en ese limbo entre el sueño y la realidad. Sucedía que no podía con el cansancio de dormir cuatro horas, trabajar y estudiar estando todo el día en la calle.

Con aquella odontóloga llené mi espacio dental vacío con algo que se llamaba “puente”, en ese momento me costó lo mismo que una moto 110. Algunos años después el puente se despidió, fue un viernes de ensayo al vino y comencé a atenderme con otro dentista. Me colocó un implante para rellenar y emparejar la encía, para después poner otro puente pero con perno y con una encía pareja. El trabajo quedó genial. Para ese momento ya tenía otra moto en la dentadura, pero se veía muy bien y funcionaba de diez que era lo importante.

Costos y desarreglos

Los costos se fueron elevando al ritmo de la inflación, sí, esa que los que mandan desconocen y nos afecta a todos los que trabajamos, seamos pacientes o profesionales.

En un momento de la historia reciente hubo una ruptura entre las obras sociales y los odontólogos… Resultó ser que el Colegio de Odontólogos (organismo encargado de habilitar la matrícula y el consultorio ante Salud Pública para que el profesional pueda trabajar) pidió que se cumpliera con el arancel mínimo obligatorio, ya que nunca se había cumplido y urgía hacerlo. Estos aranceles se basan en una estructura de costos que realizan entidades competentes. El Círculo Odontológico (que se encarga de negociar esos asuntos con las obras sociales junto a la Asociación de Odontólogos) entró en disputa con el Colegio, y mediante un fallo judicial, se terminó acatando una Ley provincial que establece el cumplimiento de los honorarios mínimos. Por lo que el Círculo fue a la negociación con las obras sociales y prepagas, todo para que se cumpla con este requisito que jamás se había cumplido.

¿Cómo terminó esto? Con las mutuales dando de baja los convenios, y los pacientes, para seguir con los tratamientos, debieron hacerlo con recursos propios o descontinuarlos. Se pasó de pagar una orden y los arreglos al ya clásico “pagá y después te devolvemos algo” (con suerte) siendo que a los afiliados se les descuentan todos los meses aunque no use la Obra Social.

Al día de hoy las obras sociales están negociando con las entidades odontológicas para volver a dar el servicio, el Círculo realizó una nueva estructura de costos que resultó ser un poco más baja que la del colegio y fueron a negociar los contratos con ella. Se verá más adelante cómo resultan esas negociaciones. “Se trata de trabajar con todas las obras sociales que se pueda”, me decía Maximiliano Nuñez, mi dentista desde hace ocho años.   

0,002% vaca

La mala alimentación, las tensiones diarias, el bruxismo, la mala limpieza dentaria… todo me llevó a despedirme de dos muelas. De un momento a otro no tuvieron salvación y mi muela preferida con corona de metal se picó en la base y apareció la consigna clara: se tiene que ir.

El costo de quitarla y reemplazarla era el de una PC gamer. Eso no era todo, nuevamente un implante (un hueso vacuno) iba a formar parte de mi cuerpo. Pasaría a ser 0,002% vaca. La sugerencia de mi dentista fue abaratar todo yendo a un lugar donde daba clases (seguro vio mi cara cuando me dijo lo que costaba todo), no lo pensé dos veces y firmé el pacto. 

Una situación similar ya me había pasado con las muelas de juicio, que me las saqué en el hospital San Martín. Iba a las cinco de la mañana para sacar turno esquivando a los vagabundos que dormían allí. Las dos veces me tocó una chica joven de hermosos ojos quien trató de sacarme la muela como los demás doctores pero no podía. Tironeaba, palanqueaba y yo como un simple muñeco de práctica estaba ahí inerte, como esos que los usan para chocar autos. Finalmente, medio que se subió al sillón, me agarró de todos lados y ¡pin!, salió. Con la segunda pasó algo similar, me preparé para lo mismo, pero llamó al médico encargado del consultorio y me partieron la muela y ella la sacó normalmente.

¡Se va la segunda!

Ahí estaba como aquella vez, solo medio nervioso pero dispuesto a ahorrarme unos cuantos miles. El lugar estaba sobre calle Corrientes, una vieja casona reformada para tal fin. Esperé por casi una hora y finalmente me atendieron. La practicante era Teresa, una señora que encontró su vocación ya grande, cuando la vi… quería salir corriendo por los tapiales y no sé por qué.

Entró la primera inyección de anestesia…

–Cuando tengas dormida la boca avisame –me dijo y mi médico solo miraba.

–Umjú –dije asintiendo sin abrir la boca ni moverme.

Me tocaron la zona y el dolor seguía, vinieron un par de anestesias más y a esperar. Volvieron al trabajo y el dolor persistía. Se acabaron el frasco de anestesia y buscaron otro y siguieron poniéndome (imagino que ese era de litro). El tema era que tenía una infección importante que nunca la había sentido y el doctor tampoco la había visto. En un momento se sumó mi doctor y los dos tiraban pero el dolor no paraba.

Resultó ser que la infección impedía que la anestesia tomara la zona, por una cuestión del PH ácido (dado por la infección) que no permite el normal funcionamiento de la tan necesitada. Mi doctor estaba tranquilo porque sabía que tenía que tener paciencia, la señora metía mano y me sentía más nervioso que nunca. Muchas veces me aguanté el dolor con tal de irme rápido del lugar. Traté de hacerlo pero llegó un momento en que estaba a punto de desmayarme, y perder el control de todos mis líquidos y sólidos. Nunca había sentido un dolor tan grande: era aplastado por un dinosaurio gigante, uno de esos cogotudos. En medio de todo eso la muela hizo ¡crack!, se rompió algo. Yo ya me quería ir así sangrando como estaba; pero esa rotura facilitaba un poco sacar las raíces sin quebrar el hueso que estaba en medio de ellas y poner el implante ahí mismo.

–Lo difícil ya pasó –dijo aliviado el Dr. Nuñez mientras yo me deshidrataba llorando.

–Ya casi terminamos –agregó Teresa poniendo buena onda a la situación.

Parecía que el tirar y tirar no se terminaría nunca, ya me imaginaba yéndome con la mandíbula en un frasco. Sacaron todo, manguerearon, dejaron la zona limpia y me pusieron el fragmento de la costeleta; finalizó todo. Para esa altura era 0,003% de vaca.

Lo primero que hice fue tomarme un par de vasitos de agua para reponer lo que había perdido por los ojos. Con la mitad de la cabeza dormida me fui a buscar la moto para irme a recuperar, recién ahí me di cuenta que había hecho mal en ir solo. Había llegado a las once y me fui como a las cuatro de la tarde. 

Recuperación

Pasaron cuatro días para que se terminara el dolor, pero después de ello todo marchó como debía. Cuando les hablaba a mis alumnos me mordía la lengua, y las “S” se me escapaban, parecía un reptiliano cuando leía. ¡Fue horrible! pero mejoré con el tiempo. Claro que pregunté por ello y me dijeron que la lengua suele expandirse cuando faltan piezas dentarias y justamente a mí me faltaba medio comedor trasero. Un tiempo después, en un ensayo de la banda, les conté a todos lo que me pasaba y uno me dijo:

–¡Yo ni loco me hago eso! –Y arrugó el entrecejo.

–¿Vos querés tomar sopita toda la vida? ¿Yo no! –le dije riendo.                   

Ahora solo resta esperar esas preciadas piezas dentales de titanio, imagino, como las de Wolverine.

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